Tercer tiempo

Autor: Sandro Centurión

 A pesar de todo, tenía el rostro de siempre. El cabello ondulado sobre la frente, los ojos grandes y la expresión serena. Se lo veía bien, sin embargo estaba muerto. Sus pies se balanceaban a medio metro del suelo y su cuello pendía de un cable que se estiraba, tirante, de una de las vigas del techo del club San Martín. El cuerpo de Ariel Martínez "el toro", colgaba como el péndulo de un reloj antiguo y cada oscilación marcaba los segundos de su muerte. Tenía puesta la camiseta con los colores del club, short y botines. Cerca de sus pies una silla de plástico, testigo inmaterial de aquella muerte, yacía volcada. Más allá, una pelota de cuero con restos de barro. Decenas de huellas de manos y pies anónimos quedaron hacinados en la piel del balón. La lluvia aún repicaba en el techo de chapa.

 

El toro no pudo haberse matadosentenció el más gordo de los hombres y quebró el silencio fúnebre que se había instalado en la mesa del bar donde se había reunido el plantel titular de los veteranos de San Martín. Justo ahora. Es raroagregó un hombre calvo y de barriga prominente. Y recordó que estaban en su mejor momento como equipo, con grandes posibilidades de ascender a la primera.

No somos nadase lamentó alguien. Y aquella frase gastada por el uso cobraba un nuevo sentido.― Esto es cosa de los Fernándezaseguró otro, la última palabra la pronunció lento como si le costara decirlo.― Esos se la tenían jurada al toro desde que les hizo cinco goles el año pasado. Hijos de puta. Hay que hacer algodijo uno de ellos y luego vació en su garganta el contenido de la botella de cerveza.

 

Señoras y señores el toro Martínez está en la cancha, el goleador, la promesa del barrio San Francisco, al que se lo quieren llevar los grandes clubes de Buenos Aires. Apenas tiene dieciséis años pero ya es todo un señor. Está en la cancha y es el dueño de la pelota. Juega de nueve y puede patear tanto con la zurda como con la derecha, es un león, un tigre, es el toro Martínez, el temor de los defensores que saben que hay que voltearlo porque si no es gol seguro. Todos en el barrio lo saben, todos lo conocen, todos quieren jugar con él o contra él, poder patear la misma pelota que el toro Martínez es un honor. Todos saben que cuando el toro juega, el partido es otra cosa, es un acontecimiento. Ya no importa que la cancha sea de tierra y esté llena de pozos, ya no importa que no tenga las medidas reglamentarias y que uno de los travesaños esté notoriamente inclinado, cuando juega el toro Martínez, señores, es una final de la Libertadores, o de la Copa del Mundo. No hay referí en este partido, en las canchas del barrio nunca hace falta un tipo que diga que esa jugada es una falta, que corte la jugada o que cobre un penal. En la cancha hay códigos que se respetan con la vida. Aquí se hacen y se deshacen los hombres. Todo se resuelve en este rectángulo de tierra, las diferencias, los malos entendidos, las deudas; aquí, Señores, las cosas se definen a favor de quien sea mejor con la pelota. En el barrio se gana o se pierde el respeto al trote y con la pelota en los pies. Por eso todos respetan al toro Martínez, porque simplemente es el mejor. No hay silbato que suene para dar inicio al encuentro, el partido comienza cuando alguien se la pasa a Martínez. Como siempre, hay dos cajones de cerveza en juego pero, hoy, hay un extra, algo que sólo el toro Martínez y el diez del otro equipo saben, y que los demás sólo se atreven a adivinar con las miradas. Una diferencia que huele a perfume de mujer. Algo que puede hacer que el partido se salga de su cauce. Los rumores dicen que los dos se vieron antes del partido, y hablaron e hicieron un trato y que este partido va a definir la disputa. Señoras y señores, el toro Martínez recibe la pelota.

 

El occiso tiene entre treinta y cuarenta años, de profesión albañil, changarín, ex jugador de fútbol, con residencia en Miraflores y tercera, sexta casilla por el callejón en dirección Norte a Sur. Sin antecedentes en esta dependencia. Testigos afirmaron que vivía con su mujer de nombre Lucía, alias la luci, madre de un niño, actualmente con paradero desconocido.

No se le conocen otros familiares al difunto. Acostumbraba jugar al fútbol en el club de veteranos San Martín de esta ciudad. No se le conocen enemigos. El resultado de las primeras observaciones forenses no dio cuenta de lesiones ni marcas que pudieran ser el resultado de lucha o ataque por lo cual se sostiene la hipótesis inicial de suicidio. Los análisis de alcoholemia arrojaron resultado positivo. Un alto grado de alcohol se halló en la sangre, algunos testigos afirmaron que estuvo bebiendo hasta altas horas de la noche con sus compañeros de equipo en inmediaciones del club San Martín. Sin embargo una mujer declaró haberlo visto discutir con el encargado de una pensión del barrio. La testigo dijo que la víctima, en estado de ebriedad, cruzó unas palabras con un hombre que intentó impedirle el ingreso, sin embargo Martínez entró y unos minutos después volvió a salir a paso veloz. Este último dato es materia de investigación. Se desconoce la relación entre ese lugar y la víctima. El encargado de la pensión niega que la víctima haya estado en ese lugar la noche del sábado.

 

Necesito verte. Soy Lucíadijo la voz grabada en el contestador y Martín no necesitó volver a escucharla para saber de quién se trataba. A pesar de los años la voz de esa mujer le era inconfundible. Tampoco necesitó volver a escuchar el mensaje para decidir que iría. Luci, Lucía, la linda, la estrella, la princesa, la reina de la comparsa y del carnaval. La jovencita de ojos claros y curvas delineadas que solía pasearse por la vereda con un short bien corto, y recibía las miradas libidinosas de los hombres, y la envidiosa crítica de las señoras del barrio. Después de todo volvería a ver a Lucía. Estaría hermosa como siempre. Los años completaron la obra de arte iniciada en la adolescencia. La vería en el lugar de siempre donde en el transcurso de veinte años se habían encontrado en contadas ocasiones. Un café, una sonrisa, ¿cómo andás?, ¿qué es de tu vida? Y luego a alguna habitación por un par de horas, para después desaparecer y olvidarse de que alguna vez se habían encontrado.

 

El toro Martínez reposaba como una bestia cansada, junto a otros, sentado en el piso de la vereda del club, rodeado de mugre bebía litros y litros de cerveza. Ésa era la rutina de los sábados y domingos entrada la tarde y hasta que ya no hubiera nada que tomar, ni a quien pedir fiado, ni nada que empeñar. Entonces volvía a la casa y vomitaba toda la podredumbre que llevaba dentro y desquitaba su fracaso y su impotencia con la luci a fuerza de golpes y de insultos hasta que caía rendido, harto de ser él mismo. Junto a Martínez estaban los diez hombres del plantel titular. Sentados con las piernas hacia adelante exhibiendo los muslos y los botines, que parecían encarnados en los pies. Los cordones desatados, las medias bajadas hasta los tobillos, canilleras y vendas esparcidas por doquier como si fueran las tripas de un matadero. Se habían quitado las remeras y todos lucían la marca evidente de los años traducida en kilos de grasa que se acumulaban en las panzas cargadas de alcohol.

Fondo blanco, campeónle dijo el volante central y le acercó una botella de cerveza fría recién abierta. Mientras bebía, el teléfono del toro sonó, leyó el mensaje con esfuerzo y sin bajar la botella de la inclinación que le había dado. Bebió hasta la última gota y luego se levantó. ¡Mierda!  exclamó y estrelló la botella contra la pared.

 

A todos les dolió la muerte del toro Martínez. La policía dijo que había sido suicidio, pero en el barrio nadie creía jamás lo que decían las fuerzas de la ley. Nadie se tragó ni por un instante que ese hombre, el goleador, el capitán del equipo, el que había jugado en las inferiores de Boca, el que había vuelto al barrio porque los grandes clubes no lo sabían cuidar, el que pudo haberse ido a Europa pero eligió quedarse, se hubiera matado así nada más. Dos noches después de su muerte el plantel de veteranos de la primera de San Martín, apedreó la casa de los mellizos Fernández, que según decían se la tenían jurada al veterano campeón. Corrió la voz y a la violenta manifestación se sumaron vecinos y conocidos del difunto, que reclamaban justicia por mano propia. Llovieron insultos y piedras sobre la casa. El viejo 504 estacionado en la vereda recibió los castigos más violentos. Los manifestantes se subieron al techo y saltaron sobre él. Rompieron los vidrios, entre varios lo volcaron y lo dieron vuelta. Luego alguien tuvo una idea, del tipo de ideas que surgen en estos casos. Devolvieron al vehículo a su posición anterior. Una botella con nafta, una mecha hecha de un trapo viejo, un encendedor y en unos instantes el viejo Peugeot ardía. Luego lo empujaron entre todos hacia el interior de la casa. La turba enardecida gritaba victoriosa. Luego vino la policía y la disputa se enfocó en los uniformados, conocidos rivales de los domingos cuando iban al estadio. La familia Fernández a duras penas pudo escapar. Las llamas consumieron la casa y la sed de venganza por aquella muerte cargada de misterio se apagó al amanecer.

 

Martínez entró por el pasillo que se metía hasta el fondo de la pensión. Por sobre el repiqueteo de la lluvia contra las chapas escuché sus pasos y la corta discusión con el turco que atendía la entrada de los huéspedes. Yo le había enviado un mensaje anónimo lo suficientemente convincente para que fuera a ese lugar. Siempre quise que nos volviéramos a ver para restregarle su fracaso en la cara. Un golpe seco abrió la puerta y el toro Martínez me vio, desnudo con Lucía. Adiviné su cara seria. La habitación estaba iluminada apenas por el reflejo de las luces de la calle. Se quedó un momento observándonos con la mirada perdida en la nada, como si hubiera errado un penal. Enseguida me reconoció. No hizo falta que prendiéramos la luz ni que alguien quebrara el silencio con una inútil explicación. Lucía se largó a llorar, no seas tonta le dije. Él balbuceó algo parecido a una puteada y luego se fue. La cosa no podía terminar ahí, así que lo seguí por varias cuadras hasta el club que había quedado vacío. Allí lo tomé por sorpresa y arreglé todo de la única manera que estas cosas se arreglan.

A la mañana lo encontraron colgado. Y de alguna manera el cable grueso que sostenía su cuello ocultó cualquier rastro que pudiera quedar.

De vez en cuando descubro a Lucía llorando y le preguntó por qué llora y me dice que por nada y entonces miro hacia el patio de mi casa donde su hijo corre con fuerza detrás de una pelota, y entonces entiendo, y a veces yo también quiero llorar pero no puedo.

 

Señoras y señores el partido termina y una vez más el toro Martínez y sus súbditos se quedan con la victoria. El final de la contienda lo determina el ocaso, la imposibilidad de ver en la oscuridad. El diez del otro equipo se niega a abandonar pero es evidente que el partido se termina y que el resultado ya está dicho. Los ánimos de todos caen con el sol como si éste fuera el origen de sus fuerzas y en un acuerdo tácito dejan de correr. Todo está dicho. El capitán del equipo vencido se queda solo, sentado en la oscuridad. Sabe que no habrá revancha y que deberá cumplir con lo pactado. El peso de la derrota le impide levantar la cabeza. Siente la tierra seca de la cancha en su mano y metida en sus uñas. Maldice su suerte y su falta de precisión. No quiere echar culpas. Se la banca en silencio. No volverá nunca a pisar esa cancha y es probable que ninguna otra. Deberá olvidarse del derecho a cortejar a Lucía. El toro se lo ha ganado en buena ley. Cabizbajo espera que la noche se cierre aún más para que le oculte sus lágrimas y recién entonces se levanta y se va, exiliado para siempre.