Autor: José Roldán
Los diarios capitalinos, salvo uno y una vez, han seguido con titulares infames toda la toma de la Planta Petrolera de Palmar Largo. No se esforzaron ni con la verdad ni con la mentira. Escribieron sobre el tema porque no había nada más sobre qué escribir. Egidio lo sabe y no tiene esperanzas de que cambien, así que los de hoy no pueden enojarlo más que los de ayer o los del mes pasado. Vino a otra cosa. Pero por lo menos siguen teniéndolo en tapa, le digo como para levantarle la cabeza de entre las rodillas. La frase debe sonarle como un recuerdo en esa posición que está sentado. La silla lo sostiene bien, es un hombre grande, pero está flaco ahora. Creo que no quiere seguir llevándole a su gente estos titulares. No me responde nada y sigue mascando coca.
Egidio es mi alumno en el instituto, aquí, en El Potrillo, y en el corte es el que redacta los petitorios y el que atiende y retransmite a los demás las repercusiones. Fue mi alumno en primero y segundo año. Este año todavía no empezó, y yo no le pregunté si lo hará. La gente que te mira y te permite mirarla varias veces a la cara hace que entiendas que la lengua es un accesorio artístico, completamente inútil. Vino a casa en diciembre, cuando empezó la manifestación y me dijo que si podía averiguarle en internet qué decían los diarios de la capital. Esa semana no salió nada en los diarios. Sobre el final de diciembre y de las clases, un diario sacó la información de que “un reducido grupo de aborígenes estaban protestando frente a la Planta Petrolera de Palmar Largo”. Egidio, ya entonces, se molestó, pero dijo lo que yo le dije recién. Por lo menos dicen algo. Parece recordarlo ahora. Abre un poco las piernas en la silla, apoya los codos en cada una y me mira hacer. La impresora escupe las copias con una objetividad intolerable esta mañana. Hace girar en las manos una bola de goma como una pelota de tenis que alzó del piso debajo de la mesa de la computadora y me pregunta si tengo hijos. Sí, una, ¿y vos?, Varios, dónde está tu hija, En Formosa, Ah, lejos, Estuve con ella en las vacaciones, ¿y los tuyos?, Aquí en mi casa, Ah, pensé que vivías más cerca de Palmar. Me mira con sutil sorpresa. Yo debería saber que vive a la vuelta del Instituto. Pero lo que le quise preguntar era todavía más estúpido: si estaba con su familia en el corte. Viré el diálogo. ¿Y hacés todas las mañanas los kilómetros de Palmar aquí por esto?, Soy el encargado, ¿Cuántos kilómetros hay?, ¿cinco?, Por ahí, Diez ida y vuelta, es una distancia. Egidio es un muchacho sensato y sabe que después de 45 días de sudor, mugre, hambre y miedo, a veces no puede seguir llevándole más toda esta porquería de los diarios. La semana pasada cuando vine de vuelta le traje lo que había publicado un matutino en la capital. Lo entusiasmó porque se aproximaba bastante a lo que pasaba realmente, pero aquí no hemos podido abrir la página de ese diario y no pudimos saber si continuó la línea. Tampoco sabemos si es una cuestión de la mala señal de internet que empezamos a tener o qué.
Emparejo las hojas y me siento. El mate está tibio pero tragable todavía, tomo uno y cebo otro. La yerba se empaca en el fondo y los palos flotan como jangada. Le paso a Egidio. Le cuento qué es una jangada y que a mí me lo contó un misionero que se amargaba soberanamente cuando veía que los formoseños llenábamos el mate de burrito, menta y otras hiervas, y Egidio me dice que el Paraná debe ser un río lindo para pescar, no como el Pilcomayo, Yo siempre lo vi desde un puente y sin lineada, le contesto. Sonríe. No hay nada como ver a este muchacho exhumar una sonrisa. Tiene los labios partidos por la coca, el sol y el viento norte. Me mira las manos, las hojas impresas, y pregunta. Qué dicen, Que ya van cuarenta y cinco días, Por lo menos saben contar, Que cerraron las válvulas y que si no las abren hoy o mañana puede haber un desastre. Me pasa el mate. Le tiemblan las manos. Egidio tiene 35 años y una decisión tomada. Qué dicen de la Policía, Nada, Ah, Dicen que ustedes le están cobrando a la gente para pasar en las rutas, que les roban lo que llevan. Me cebo otro mate y cambio la hoja. No pasés de hoja, ¿qué dice del desastre?, Los tanques no van a aguantar si no se liberan las válvulas y extraen el contenido, podría matar todo lo que hay en un radio de cinco kilómetros. No le pregunto desde cuándo cerraron las válvulas. Egidio se pasa la mano completa por la cara, desde la frente al mentón, como si se la quisiera pintar. No le robamos a la gente, algunos nos colaboran con algo para seguir en la protesta, Dicen que el Juez de Las lomitas ordenó el desalojo de la Planta y la ruta para esta mañana. Egidio ya sabía esto. Anoche llegaron cincuenta policías y están allá con sus escudos. Vuelve a poner la bola de goma donde la encontró y extiende la mano. Si le paso hojas en blanco o el mate no lo advertiría porque no está mirándome las manos. Me mira fijo a los ojos, él los tiene inflamados. Los policías golpearon a un anciano cuando llegaron. Eso dice Egidio y pone las hojas en la yica. Lo acompaño hasta el portón donde dejó la bicicleta. Se sube. Me vuelve a mirar: De Palmar hasta aquí hay más de cinco kilómetros, pero por las dudas andate al río, mis hijos y mi mujer ya están yendo, en el Pilcomayo no hace falta lineada.