Hamburguesas, cervezas y maní tostado

Autor: Sandro Centurión 


Ahí estaba ese hombre de aspecto misterioso y sobre todo peligroso. Aunque era apenas distinto de cualquiera de los tipos que esa noche se refugiaban en la cantina. Había poca concurrencia, tal vez por la lluvia que arreciaba desde hacía más de tres días. Un grupo pequeño en las mesas de pool, dos viejos solitarios, una mujer mayor junto a una joven en las mesas de café, un par de bebedores, y el recién llegado, arrimados a la barra. El sujeto pidió una cerveza y después de conversar por un rato largo con el cantinero sobre banalidades del clima en esa parte del mundo, el resultado del futbol, la escasez de trabajo, al fin le confesó que esa noche iba a matar a alguien. Al principio, el cantinero no lo tomó en serio. Cosa de borrachos pensó. En ese trabajo se suelen escuchar todo tipo de confesiones. Es bien sabido que los hombres solitarios son proclives a contar sus más profundos secretos a quien les da de beber.

Un asesinato. ¿Y cuál sería el motivo?

Dinero, Cachito, ¿qué otro motivo puede haber?

Venganza. Traición. No sé, se me ocurre una larga lista de motivos.

Revisá tu lista y vas a ver que al fin y al cabo todos los motivos se pueden reducir al dinero. Fijate que la venganza es una manera de resarcimiento. Cuando alguien te ofende tanto que querés matarlo, ¿qué decís?, me la vas a “pagar” o te voy a hacer “pagar” todo lo malo que me hiciste. Pensamos en términos económicos. Pérdidas y ganancias mueven la rueda de la vida.

Si el motivo es el dinero, a lo mejor el sujeto es un asesino a sueldo, alguien le va a pagar, o ya lo hizo. A lo mejor no es cosa suya, mata para otro.

Entendés bien, Cachito, y rápido. De alguna manera todos vivimos y morimos para otros.

El cantinero, un tipo reservado, con más habilidades para escuchar que para decir, lo miraba con desconfianza. Tenía curiosidad de preguntarle a quien iba a matar, al principio no lo hizo porque primero no le creyó del todo y luego supuso que se trataba de una bronca de la casa, de algo que pasaba fuera del universo de la cantina. Sin embargo, algo en el rostro de ese sujeto, en su manera de beber, en su manera de mirar de reojo a la clientela empezó a preocuparle y a hacerle sospechar. Entonces no le quedó más remedio que preguntar:

¿Y quién es la víctima?

Esa es justamente la cuestión, no lo vamos a saber hasta último momento. Dale, seguí.

El extraño no le respondió. De pronto un relámpago y de inmediato el trueno que hizo sacudir la cristalería de los estantes. Las luces amagaron apagarse por un instante. Afuera la tormenta ganaba fuerza. El sujeto sacó un cigarrillo y le hizo una seña para que le diera fuego.

La cuestión es decir sin decir, mostrar sin mostrar, ¿me entendés, Cachito? Y detenerse en el momento justo para no acelerar el desarrollo. El clímax se construye con avances y frenos. A veces pienso que una buena historia no se escribe, sino que se conduce, como un auto.

Como cuando un tipo quiere levantarse a una mina pero no quiere que ella se dé cuenta de que le matan las ganas de tirársele encima.

Exacto. Todavía no lo tengo todo cerrado. Pero la idea es que no sea un crimen planificado, sino que haya mucho de improvisación, de actuar en el momento y en el lugar. Porque mi teoría es que no hay plan que sirva. Todo crimen es siempre imperfecto. Toda la literatura policial moderna se alimenta de esa obsesión por el crimen perfecto. Si yo fuera un asesino no me preocuparía porque algo no salga como estaba previsto. No tendría plan alguno, sin un plan previo nada puede salir mal. Si fuera un asesino mataría como escribo.

De todas maneras es un crimen premeditado.

Premeditado sí, planificado no. Esa es la vuelta de tuerca que le quiero dar a la historia.

El cantinero volvió a mirar de un vistazo a los clientes. Si acaso ese sujeto decía la verdad alguno de los que allí estaba sería asesinado, esa misma noche. Pero ¿quién? ¿El muchacho de campera marrón y barba que apoyado sobre el taco de madera esperaba su turno en el juego? ¿O sería el gordo que se estiraba sobre la mesa de pool tratando de lograr una mejor posición para darle a una bola que le había quedado lejos? También podría ser el viejo de boina gris cerca de la ventana que miraba pasar a la gente mientras bebía café, o aquel otro viejo que dormitaba sobre la mesa. La mujer mayor que fumaba impaciente y que le reclamaba algo a la más joven que parecía ignorarle. O acaso uno de los hombres que tomaban cervezas en la barra y estiraban el cuello para ver las noticias en la TV ubicada en lo alto en un rincón.

Es una situación jodida. La verdad que a mí nunca me pasó.

Afuera la tormenta se tomaba un descanso. (Otro freno). Había comenzado a sonar un tema de Sabina que le cambiaba un poco el aire al salón. El cantinero sabía que era cuestión de levantar el tubo del teléfono que estaba en la puerta de la cocina y llamar a la policía, pero ¿qué les diría?, y en todo caso el sujeto podría decir que no era cierto, o que se trataba de una broma. Podía decirle a Miguel, el mozo, que lo sacara de allí a la fuerza si era necesario, pero ¿acaso cualquier cosa que hiciera serviría para evitar que ese sujeto finalmente matara a su víctima? Y en última instancia ¿valía la pena entrometerse? ¿Acaso tenía derecho a entrometerse?

Tomar una decisión es lo más difícil, Cachito, para cualquiera, sobre todo porque cualquier decisión que uno tome seguramente va a ser distinta de lo que otros hubieran decidido en igual circunstancia. La toma de decisión es la máxima expresión de la libertad individual de los sujetos y cada decisión construye el destino y generalmente es irreversible.

¿Y cuándo mata? Porque supongo que alguien va a morir.

Todavía no lo sé. A lo mejor cuando deje de llover. Lugar, tiempo y circunstancia de pronto se alinean y ahí está el asesino en el momento y lugar correcto para él, equivocado para el desgraciado. Y entonces hace lo que tiene que hacer y a otra cosa. “Cuando deje de llover” ese podría ser el título.

En ese momento le dispara.

Sí, puede ser, o mejor no. El sujeto no lo ha pensado todavía. Ahora sólo está ahí en la barra tomándose una cerveza y contándole al cantinero que esa noche va a matar a un hombre, porque suponemos que a eso se dedica. A matar gente por dinero. Es una hazaña que necesita de un público, de alguien que abra grande los ojos de asombro, sorpresa o asco. Así como un cuento necesita de al menos un lector, este crimen necesita de un espectador. Con respecto a cómo lo hará puede ser que lo haga con un disparo a la distancia en la nuca, en el pecho, o bien a punta de cuchillo en un callejón oscuro, o de un golpe con un fierro. El arma también la definirá la circunstancia.

Había seguido a su víctima hasta allí. Lo venía haciendo desde hacía un tiempo para estudiarla, conocer sus movimientos, pero sobre todo para estar ahí cuando la circunstancia fuera oportuna y el trabajo pudiera hacerse de manera limpia y rápida, como lo requería su oficio, razón principal por la que lo contrataban.

Tenía que ser uno de los viejos. Algo del pasado. Un ajuste de cuentas. O algo más trivial: una esposa que se cansó de esperar a una enfermedad y decidió que era el momento de disfrutar del dinero del seguro. Entonces contrata a este sujeto a quien le paga con un porcentaje de lo que cobrará del seguro. También podría ser uno de los muchachones que juegan al pool; alguno de ellos quizás sea el hijo de un tipo importante y alguien lo quiere destruir por envidia, o tal vez porque se quedó con algo que no le pertenecía. Algo más simple, uno de ellos es un vendedor de drogas que no pagó al proveedor lo que tenía que pagar y ahora le mandan un sicario para que otros vendedores entiendan el mensaje. Tal vez una novia despechada, tal vez no. Acaso la mujer mayor podría ser la esposa de un mafioso, o la madame de un burdel que conocía demasiados secretos sucios de gente importante; alguno de los hombres en la barra podría haber estado en la cárcel y no cumplió con su palabra al salir. El tiempo pasa rápido y cada vez parece más probable que si acaso el sujeto dice la verdad alguien será asesinado cuando deje de llover.

Son muchas posibilidades. Y pocas pistas.

Incertidumbre diría yo. En los cuentos gobierna la incertidumbre, como en la vida misma. Hasta último momento cualquier cosa puede pasar. Las pistas son para los idiotas, Cachito.

De pronto dejó de llover. Una brisa fresca se coló por la puerta entreabierta y podía oírse el agua escurrirse por los desagües. El cantinero vio al asesino confeso beber lo que quedaba en el vaso, puso un billete de veinte sobre la mesa, se acomodó el abrigo, le hizo una seña a modo de despedida, salió en silencio y se perdió en la noche. Cuando el cantinero se asomó a la vereda el sujeto había desaparecido. Se había ido para siempre con sus locuras o bien permanecía oculto en las sombras al acecho de su víctima.

Al final, es un fraude, no mata a nadie. Es una historia sin sangre.

Sólo tres personas alcanzaban para sostener ese pequeño negocio. Un mozo, un cocinero y él, que se encargaba de la caja y de las bebidas. Por eso siempre era el último en irse. Esa noche cuando todos se habían ido, apagó las luces, puso el cartel de cerrado, aseguró la puerta con el candado y caminó despacio. Ya no llovía. Debía recorrer al menos dos cuadras hasta el estacionamiento, pero siempre le gustaba hacerlo para desentumecer las piernas y sobre todo la cabeza del estrés de la noche en la cantina. Hizo unos metros y de inmediato sintió que alguien lo seguía, que unos pasos repetían los suyos. De inmediato recordó a aquel sujeto. No puede ser, se dijo, quién pagaría por verlo a él muerto, un trabajador, un nadie; y de pronto, una lista de nombres del pasado se le amontonaron en la cabeza, al mismo tiempo que los pasos que lo perseguían se acercaron a toda velocidad. (Fin)

El cantinero nunca muere, está mal. He visto un montón de películas y a menos que sea un accidente siempre nos toca un papel secundario. Informantes, testigos, a lo sumo cómplice necesario, pero no víctima de un asesino a sueldo.

He ahí la originalidad de la historia, Cachito. Lo prometido.

¿Cuánto será esta vez?

Una hamburguesa, una cerveza bien fría y maní tostado.

Hecho. Me quedo con las servilletas, señor escritor.

Que la hamburguesa sea doble entonces.