Autor: José Roldán
―Nadie sabe qué cosas más baja un hombre cuando vuelca el ala del sombrero sobre la cara ―me dice Lucía Arias, como para podarme definitivamente de su historia.
Mi abuela siempre vivió otra historia, ésta, en la que un hombre baja el ala del sombre y algo más. Nos la ha contado a retazos, por tramos, un poco porque nunca quiso que nosotros entráramos en esa historia que sólo le pertenecía a ella y a dos más, un poco porque cuando quiso ya no la escuchamos porque tenía el olor como a moraleja, como a un artilugio que inventó para educarnos mejor. En esa historia ella es Lucía Arias y nada más. Madre y abuela de nosotros ha sido sólo por el impulso que dan esos empujones que le pega la vida a todos, por más retobados que sean.
Hace tres días salí para el Este a retirar sus estudios médicos y consultar otra vez al doctor. Pero antes, tras una larga discusión con mi tía más joven, logré que la saquemos bajo el alero de tejas que tiene la casa al frente. Ahí quedó sentada en el sillón de paja, mirando el monte. Cuando volví hace un rato, la encontré del mismo modo, y diciendo cosas como estas.
―Nadie sabe ―insiste― ¿Ves cómo el cielo se ha ido como hollinando repentinamente, hijo? ―Miro el cielo. Unas nubes oscuras le dan la razón.
―Sí, abuela. Capaz que es mejor que entre a la casa ―intento.
―Y es temprano para que llueva. Ojalá la primera gota caiga de noche recién, que nadie vea ―sigue―. Y hay tan poco patio ahora para que caiga la lluvia.
―Usted no nos ha dejado que limpiemos el patio desde hace cuánto.
―Y cómo, hijo, si todo me ha pasado entre ese monte y la casa…
―Y la lluvia ―le sumo, y a ella se le queda clavada la mirada. Si me tuviera a su altura me miraría a los ojos como mira el indio Eligio cuando le hablás en su idioma. Mi tía, desde la cocina, me mira; sé que no le gusta que le siga la corriente, pero ha entendido que es lo mejor. No hay nada más eficaz para entender de salud que tener un familiar muy enfermo. Ella se está llevando la peor parte de la enfermedad de la vieja. La ha cuidado los últimos tres meses en que no se ha podido mover, sin más ayuda que la del indio Eligio y su mujer. No la saca aquí porque dice que quiere salir a morirse. El domingo pasado la convencí a duras penas para que la saquemos un rato, y evidentemente fue un precedente que no pudo manejar porque hoy la había vuelto a sacar. Le dije que había hecho bien, que el médico también es de la idea de no contradecirla. Se le cayeron unos lagrimones y se fue a preparar unos mates.
“Clementino Arias ―arranca la abuela―, tu bisabuelo, un día estuvo aquí también, bajo las mismas tejas y frente al mismo monte. Con los ojos manchados de rabia, bajo el ala ancha del sombrero recién puesto, bandeando el monte. Sabíamos que era un hombre de edad ya. Sesenta y ocho, le aclaró un mes antes al doctor, que arriesgó otros números. Fue hasta entonces un hombre alto, flaco y difícil, que corrió baguales por estos montes y otros por el precio de vivir como hombre hasta el final, sesenta y ocho para sesenta y nueve, le gruñó al médico y dos enfermeros lo descolgaron de la cama a una silla de ruedas. Desde ese día empezó a atravesar todo lo que miraba. Y cada día, cada tarde que lo sacábamos al patio, le brotaba una hebra colorada más en los ojos. Sabía que no podía hacer nada, le conocía bien el oficio a la muerte como para tener una esperanza (todos los viejos le conocemos, hijo). Una corrida, un cuerpo ya lerdo y un caballo ágil lo dejaron contra la punta de un vinal. Le perforó el pulmón y le arruinó la columna. ―Mi tía trae un par de sillas y el mate. La abuela clava la mirada en el monte otra vez.
”¿Qué le quedaba después de eso?, un alero de palma negra para fufar su bronca, el amargo sabor de unas pocas palabras y el rescoldo en la mirada para hacerle notar su descontento a esta perra vida traicionera. ¡Dios, cómo son contagiosos los finales de la vida! Tres días antes de aquella tarde, don Segundo Salto vino a verlo, y nos dijo, como sus dos hijas que éramos, que no tenía caso volver a llevarlo a los doctores, que lo cuidemos nomás y, sobre todo, le evitemos los disgustos. ―A mi tía no le sobraban fuerzas ni para cebar el mate. Deme tía, yo lo cebo, le digo; pero no me lo da. Ceba uno y me lo alcanza. Le tiemblan las manos.
”Clementino Arias tenía por primera vez el límite enfrente. No, me respondió cuando quise rodarlo al patio que se había cubierto de sombra. El alero de tejas a esa hora de la tarde había dejado de ser el puñado de palmas que estuvo echándole sombra durante la siesta. Era el rincón en el que había decidido empacar toda su bravura. No, me repitió y alzó la mano como para peinarse. Le pasé el sombrero. El linde rojizo que deja el sol sobre el monte desparejo cuando se esconde se fue como cortando en partes. Me acuerdo bien. Le sequé unas gotas de transpiración que le bajaban por una de las patillas. Marina tramitaba unos mates en la casa, y anticipaba que ya iban a estar. Las dos sabíamos que estábamos asistiendo a sus últimos balbuceos de enojos, a su último sudor, a su último embudo de boca para sorber un mate tibio. Por eso no le prohibimos nada. Se aplastó el sudor en la otra patilla con la mano que pidió el sombrero, y dijo, me acuerdo bien claro: si por lo menos lloviera. Nos miramos con la Marina. Ella se llenó los ojos de algo que, y no podía. Entré a la casa. Sabía que ella no se iba a animar. Le pasaba el segundo mate cuando yo derramé el baldazo de agua en el patio, y todavía me quedé mirando los grumos que formó en la polvareda. Cuando lo miré, Clementino Arias, mi padre, bajaba el ala del sombrero, borrando para siempre la línea de la tarde que había estado odiando desde temprano.”
Mi tía le estira un mate, pero Lucía Arias no se esfuerza. Yo la miro.
―Falta un rato todavía para que llueva, abuela ―le digo―. Tómese uno.
Cuando miro el mate, veo una mano blanca, pecosa, apretando contra el brazo del sillón otra morena, despareja, casi líquida. Soy una avispa descarriada que entra zumbando en la casa. Sé que en veinte o treinta años mi tía contará la escena bajo un alero como éste.