Autor: Sandro Centurión
Un disparo. Y el cigarrillo encendido quedó flotando en el aire por un rato imponderable antes de caer al piso con el resto del cuerpo. El humo del tabaco se mezcló con el humo de la pólvora que salía del caño de la pistola. Un disparo en la noche no era más que eso, un disparo en la noche. Como quien dice que a la noche le sentaba bien la clandestinidad de una bala.
Escuchá lo que decís, escritor, “Clandestinidad”, esa es sólo una palabra inventada por algún gil. A los giles les gusta inventar palabras largas y complicadas de pronunciar. No me imagino a un laburante o a un albañil diciendo "clandestinidad". Es un invento. Un nombre que le pusieron otros porque no saben qué hacer con gente como uno, marginales nos llaman, delincuentes nos dicen, y vaya a saber que más.
Vivir en la “clandestinidad” es como la vida de cualquiera. Mirame a mí, miro mucha tele y me rasco las bolas todo el santo día. Antes iba al cine pero ahora no puedo porque los cines suelen estar llenos de canas que van con sus mujeres, o con sus hijos y capaz que alguno todavía me reconoce. Ahí tenés una diferencia con mi vida de antes cuando era como vos, un normalito, un adaptado social.
Extraño las películas, me hubiera gustado ser crítico de cine. Considero que una película en la que la protagonista no muestre al menos una teta realmente no vale la pena. Así que como crítico no soy muy imparcial. La calidad de una película está en relación con la cantidad de tetas, y culos, que aparezcan en pantalla. Es un criterio, subjetivo, pero criterio al fin. La vida me enseñó a no pedir nada, sino a tomar lo que necesito. Los giles piden. La gente como yo, los clandestinos, como vos decís, simplemente tomamos lo que está al alcance de la mano. En mi caso, una buena cerveza, un fajo de billetes, una mina de buen culo y una 38 cargada que me ayude a conseguir los tres primeros.
El tipo seguía ahí tirado, dejando escapar la sangre por los caminos abiertos por las balas. Era un asco. La muerte es asquerosa y la oscuridad no opaca ni un céntimo el hedor asqueroso de la sangre.
Que feo lo que decís. Lo que vos necesitás, pendejo, es una mina. Una como Gisella. Esa sí que es una buena mina, tiene los dos requisitos fundamentales que yo busco en una mujer, sabe coger y sabe cocinar. Sin embargo, tengo que confesarte que estoy viejo, a veces siento que me calienta más un billete de cien dólares que una mina. ¡Cuánto daño le ha hecho el capitalismo a los clandestinos como yo! Gisella es pendeja, como vos. Me gustan las pendejas como a cualquier tipo grande. La calentura de los hombres por las pendejas es inversamente proporcional a la cantidad de años que uno tenga; o sea cuanto más viejo te pones más jóvenes te gustan. Me acuerdo que a los dieciséis me gustaban las mujeres mayores, ahora las detesto, son todas unas viejas chotas. Y ellas me odian a mí. Sólo buscan pendejos de dieciséis. Me hiciste acordar de Gisella, y de sus tetas, son enormes, y son dos.
El tipo era feo cuando estaba vivo. Ahora muerto, de pronto había adquirido una rara belleza.
Horrible. No me gusta para nada. Y mirá que son pocas las cosas que no me agradan. Soy por naturaleza desagradable para los demás, pero por el contrario, a mí, me agrada fácil cualquier pelotudez. Eso sí, no me agrada la gente fea. No soy racista, que a uno no le guste la gente fea no es racismo porque la fealdad se da en todas las razas.
También me enamoro fácil. Me acuerdo una vez. Era hermosa, un cuerpo angelical, ¿pero sabés qué?, tenía un defecto intolerable, fumaba; la muy perra fumaba y largaba humo como si fuera un caño de escape roto. Fue un romance que se consumió demasiado rápido. ¿Ves que yo también puedo decir pelotudeces que suenan lindo? La terminé convidando a un amigo que había conocido en celda de la comisaría 21. Ese hombre era un tipo pesado pero respetuoso, serio, educado. Era mi amigo y lo admiraba como a nadie. Ambos nos respetábamos, pero sobre todo respetábamos la sabiduría de una bala, que puede callar al más elocuente intelecto. ¿Ves que valoro la amistad? Soy un tipo sensible, como vos. A mi amigo le decían batería, era cuadrado, negro y pesado. Pero era un genio. Era capaz de fabricar una pequeña bomba con un desodorante y un encendedor. Dos cosas que siempre llevo conmigo. Dos presos escaparon de la comisaría 21 gracias a la potencia de un desodorante. Ese fue el titular del diario del día que nos rajamos. Una buena propaganda para AXE.
El rocío comenzaba a caer y no diferenciaba a muertos de vivos.
Matar no es poca cosa. A matar gente me refiero. No es como matar animalitos. Los tipos que van de cacería me parecen todos putos. Nada más gay que ir de caza. Tipos solos, de noche, durmiendo juntos en medio del monte. Yo cazo solo y por dinero. Nada personal, son sólo negocios, qué le vamos a hacer. Además, no sé hacer otra cosa.
Siempre quise tener guita, no mucha, sólo bastante. Sin embargo, no creas que tener guita es lo más importante de la vida, porque lo malo de tener guita es que ya no podés dar lástima. Nadie perdona nada a quien tiene guita. Para quien tiene plata, pendejo, el perdón, el olvido y el silencio tienen precio.
Parecía que iba a llover, siempre parecía, sin embargo no llovía. La sangre se secaba y de a poco se hacía tierra. A lo lejos, música. El asesino recuperaba el oído y el mundo volvía de a poco.
Nada vuelve, pendejo, la vida es siempre una inversión que no se recupera. No te queda más que vivirla. Relajate y disfrutá. Dejá de escribir y andá a bailar. Cuando era un normalito como vos siempre solía ir a bailar a alguna bailanta o a algunos de los boliches del centro. Ahora ya no voy, los boliches están llenos de canas de civil. Además, las minas bailan en círculo con otras minas, y los muchachos hacen lo mismo entre ellos. Los boludos bailan alrededor de una botella de cerveza como si fueran una tribu salvaje en adoración a su Dios pagano. Bailan para ella, se pelean por ella y le rinden pleitesía a la botella. Sólo falta que alguno quiera, bueno, imaginate, vos que sos alguien que espera que le paguen por imaginar. Es un asco. El asco es tanto o más fuerte que las balas, pendejo. Ambos tienen la capacidad de espantar a la gente. Para mí y mi vida clandestina elijo algo más tranqui, el mate amargo, el vino puro, la cerveza fría y las mujeres rubias. Gisella es rubia, teñida. Morocha arrepentida. Se hizo las tetas y el culo con mi plata. Toda ella es falsa, como su amor. Y también el mío.
El muerto ese de tu cuento era un gil. Que ahora esté muerto lo demuestra. Se enamoró de una mina como Gisella. No te podés enamorar de una mina así. No es una locura, es una pelotudez. Por ende es un pelotudo, pero démosle algo de crédito y digamos que sólo era un gil. Mirá, para saber si un tipo es un gil, sólo hay que observar; los giles siempre están esperando, hablando para nadie, o haciendo colas. Ese de tu cuento me estaba esperando, sí, a mí. Para definir la cosa con Gisella. Como te dije es un gil. O mejor dicho era. Gil es masculino, es una característica propia de los hombres, es una palabra que no tiene femenino, no existe la palabra gila. Las mujeres no son gilas, son boludas, pero esa es otra categoría de ser humano. Gisella no es boluda. Por eso se quedó conmigo y no con ese gil del que hablás en el cuento. Tal vez ahora estaría ahí tirada a su lado con dos tiros en el pecho, con las tetas desinfladas chorreando mitad sangre, mitad siliconas.
Tenés que entender que los tipos como yo vamos a un ritmo diferente que el resto, pendejo, nos movemos en otro espacio-tiempo. No nos detenemos a pensar demasiado, no sea cosa que terminemos avivando a algún gil. Nada más peligroso para el orden establecido que un gil que de buenas a primeras se descubre gil y por ende quiere dejar de serlo.
Este muerto ya no se va a avivar. Está muerto y seguirá muerto. La bala incrustada en su cabeza no se lo permite. Se escuchan autos detenerse en la oscuridad, las puertas abriéndose y cerrándose de golpe, las botas atropellándose.
Eso no se hace, escritor. Demasiado clásico que aparezca la cana al final. Ustedes, los escritores son más jodidos que nosotros. Me hacés quedar como un gil. El más peligroso de todos, el que cree no serlo. Estuve esperando demasiado. Esperando a Gisella para que vea lo que hago por ella. Esperando que deje de ser lo que es, lo que le gusta ser, una traidora. Andate pendejo, andate antes de que te mate a vos también.
Ha comenzado a llover y al cargador le quedan las balas suficientes.
A Prudencio Fretes no le gusta correr y mucho menos de la cana. Después de todo el muerto ese no iba a estar tan solo. Me fui y lo dejé con su destino, escapé con Gisella. Ya tenía mi cuento, con el primer tiro tipié el punto final.