Ejecuciones

Autor: José Roldán

Yo le comprendo la cara: nos ha parido juntos. Le comprendo su decisión: sólo está uno frente a usted. No tiene para elegir. No debe ser fácil, pero la entiendo porque, además, él era el mejor de los dos. El que caminó primero, al que más le dio el sol, el que intentó las cosas difíciles, el que calzaba más grande; ¿se acuerda que nunca me pude poner sus calzados? Me quedaban como chalana. A pesar de ser mi gemelo, me llevaba tanta distancia que ni haciéndole cortadas lo iba a alcanzar nunca. Pero había un momento que estábamos a la par, como un rato previo a la carrera en la que después me dejaba atrás: siempre supe qué estaba sintiendo y qué iba a hacer. Eso creo que siempre pasó por mí primero. Yo supe que él me esperaba.

Yo sé que no le tengo que contar cómo empieza el miedo, o cualquier cosa de esta vida, porque a usted no le hace falta; pero yo no le quiero decir nada de la vida del mundo, le quiero decir de la de nosotros nomás. Yo quiero decirle cómo empezó aquello en mi hermano, y cómo terminó. No le pido que me mire, sólo que aguante este rato. Empieza como una incomodidad, como algo que está sucediendo en algún lugar que no es ese. Es que el miedo siempre empieza sucediendo en el pasado, como la misma creciente del bañado, hasta que te llega, y te toca, y te abre la vida de punta a punta. Así sucede, así sucedió. Cerca de la media noche, en plena oscuridad, sin poder arreglar el calor, los mosquitos y el sueño, escucha un ruido. Como un breve rasguño de puerta, muy breve para darse cuenta qué es, pero suficiente para advertir que ya es tarde, ya empezó a suceder y Humberto no va a llegar. Quiere precisar qué es, intenta más silencio. Voces, imágenes, relatos completos resumidos en su parte más terrible le zapatean en la cabeza. Se endereza, el crucifijo no le sirve al pie del cañizo, debió dejarlo en la cabecera, pero quién cuida los pies de los dormidos. Un frío agudo le baja como un chorro de sudor por el cuello y le pinza las verijas. Lo escuchó, no lo inventó. Anoche también lo estuvo esperando pero no lo escuchó. Y continúa así, con su metro setenta estirado en calzoncillos en el colchón de pulman agujereado y hediondo como un queso. Los codos hincados en el colchón. Mira a un lado y al otro del catre. No ve nada. El caño de la escopeta le roza la pierna derecha, pero puede ser otra cosa. La toca para asegurarse. Por las hendijas del estaqueo de la pared no se filtra ni el aire. La oscuridad es rotunda. La noche huele a monte podrido. El bañado está más cerca. Ha visto el agua esta tarde, a más tardar mañana a la tarde llega a la casa. Es un alivio que esta sea la última noche. Afloja el cuerpo, cruza las manos sobre el pecho. Las descruza inmediatamente. Recuerda su No es bueno dormirse así, hijo.

Si anoche se hubiera aguantado mejor el miedo, hoy todavía tendría algo de querosén para luz. Pero no pudo, dejó prendido el candil como hasta las cuatro. Mató vinchucas, tapó con trapos mojados las hendijas del estaqueo para no ver si algo pasaba por afuera, armó el mosquitero, colgó el crucifijo en uno de los palos del cañizo que hace de catre y se acostó. Inmóvil, con las manos cayendo a los costados del pulman casi pelado, pero evitando ponerlas sobre el pecho. Se levantó y desarmó el mosquitero porque le pareció como una tumba. Tal vez durmió por retazos. Pero a las cuatro, cuando empieza como la autoridad del día, se durmió. Llevó reloj sólo para mirar esa hora.

Pero hoy recién son las once de la noche y la mecha del candil es ya un botón de ceniza. Última pero larga noche. Con luz se puede esperar que no suceda nada, como anoche. Pero sin luz, difícil. Mañana llega el patrón, y si no llega me voy igual, esto mañana va a ser agua nomás. El techo está lleno de bichos, ¿cómo no traje un mosquitero de colgar? Nunca más de puestero en el bañado. Nunca más a jugar de corajudo. Hasta mañana no más. Hasta las cuatro. Apoya la cabeza en el colchón. Y el ruido se repite largo y terrible, como la rodada de un caballo. Lo corta de pies a cabeza como con una lata de picadillo abierto a cuchillo. Se le brota el cuero de la cabeza, se sienta en la mitad del cañizo y manotea la escopeta. Inútil, porque sabe que lo que sea que está afuera puede estar ahí adentro con él en un segundo si quiere. Lo aprendió como aprendió que a las cuatro ya empieza la zona del día, que no se cruzan las manos sobre el pecho ni sobre la cabeza, que con el bañado vienen más cosas que agua y mugre y viento. Los tapones de las hendijas se salen como de golpe, y afuera se cruza una sombra. Le apunta y gatilla una vez. La culata de la 16 le golpea la cara, pero no lo detiene, afuera se mueve algo, carga otro cartucho, vuelve apretar el gatillo y cae sobre el colchón, partido de miedo. La sombra lo alza en las ancas y lo trae.

Vos no tenías por qué, Humberto.

Él siempre tenía tres cartuchos, mamá.

Sí, éste.