Autor: José Roldán
―Que pase, Herme ―autorizó la voz del consultorio. La enfermera estaba sentada a una mesita blanca enfrente. Redireccionó la voz hacia el hombre en el pasillo. El hombre apoyó las dos manos en el banco para levantarse, y caminó hacia el consultorio. La enfermera lo miró a la cara cuando pasó frente a ella. Él le hizo un gesto agradecido y entró.
Herme tenía un cuarto de siglo de enfermera en el hospital y había visto todo tipo de pacientes. Podía diagnosticar a cualquier habitante de Descalzo con solo verle el color de la cara al enfrentar el médico. Pero este hombre, que se había levantado del banco como quien tiene dos cascotes en los riñones, no tenía cara de paciente. Tal vez el hecho de que este hombre le haya educado a tres de sus hijos la confundía. Tal vez. Aunque ella en los últimos diez años no se había equivocado. Se quedó auscultándolo hasta que el médico le cerró la puerta en las narices.
―¿Qué te anda pasando, profe? ―deslizó el doctor. Ciertamente no era horario de consultorio, pero al profesor le extrañó ver al médico en vestimenta deportiva. Había ideado un modo sutil de iniciar la charla, pero esto lo alteró; definitivamente, no le iba a exponer sus problemas de riñones y demás dolencias al 10 de Independiente―. Estaba por ir a correr ―comentó el médico antes de que el profesor dijera algo.
―Hace un lindo día―dijo.
―Pero, a ver, Manuel, decime; por ahí soy tan bueno que salimos de aquí mismo los dos a correr ―el profesor lo dudó.
―Ciertamente no estoy como para una maratón, doctor ―dijo―; pero para serle franco no es por mí que vine.
―Eh ―exclamó el médico y se levantó―. Es peor de lo que pensé entonces ―cerró la puerta del consultorio y se volvió a sentar. Herme infló las aletas de la nariz y volvió a los papeles que tenía en la mesita―. A ver, ¿de qué se trata entonces?
―Una alumna, que…
―¡Eh, Manuel! ―interrumpió eufórico el médico, con los brazos alzados del escritorio, donde los había puesto como en posición de escucha atenta―. ¡Pero entonces deberías estar como para dos maratones!
Por más esfuerzos que hizo, el profesor no se vio corriendo; mucho menos a la par de Rogelio Román, quien, a su juicio y al de muchos otros, había perdido hace rato algo que él estaba decidido a cuidar con su vida. Pero aquél parecía decidido no sólo a calzarle un jogging y una camiseta sino también ahora una adolescente. Con eso, un hombre estaba completamente a salvo en la vida. El profesor eligió la cordialidad.
―No, ¡cómo se le ocurre! y a mi edad… no, ni hablar.
―Tampoco es que somos tan viejos, che ―intimó Rogelio―. Ya sabés lo que dicen: para eso no hay edad, para el amor no hay edad ni estatus ―citó―. Si no, mirame a mí: cincuenta pirulos, dos matrimonios y sin sortija otra vez. Mirá ―le estiró la mano a la altura de la barbilla. El profesor vio la curva rosada en el anular y, más allá, contra la pared, una botella de whisky mal tapada.
―Es una piba que noto muy rara ―cortó―, me dijo que vino ayer, pero como ayer era domingo, dudé. ―Rogelio frunció el ceño e hizo rodar la silla hacia atrás, como un boxeador favorito que recibe un cross inesperado―. Piris, la hija del que tiene el almacén grande allá en la punta del pueblo ―precisó el profesor.
―Ah, ¿Paula? ―admitió desde atrás―. Sí, vino a la guardia y la enfermera me llamó ―dijo solemne. Miró el reloj y acercó otra vez la silla al escritorio, se inclinó un poco y dijo, íntimo―: mirá Manuel, esa pendeja tiene un mambo en la cabeza, el viernes ya estuvo aquí, las muñecas, ¿le viste las muñecas?
―Sí ―aseguró el profesor.
―¿Viste? No le hagas caso, viejo. ―Se irguió en la silla otra vez―. Esas pendejas quieren llamar la atención nomás, no van a hacer nada ―diagnosticó, y se paró. La tarde pedía a gritos un médico trotando―. Además, de eso que se ocupen los padres, ¿no? Te preocupás demasiado, y eso es lo que te está estresando; te doy un certificado y sacate una licencia por quince o treinta días, te va a hacer bien, vas a ver. Hay que vivir la vida de uno nomás, viejo. ―El profesor se paró y le agradeció por el tiempo. A su modo, salió de la sala con una certificación. Paula no tenía ninguna marca en las muñecas, estaba seguro; pero le había dicho al médico que las iba a tener.
Siempre que volvía del colegio a esta hora, después de los tres turnos, se preparaba unos mates, abría el maletín y repasaba lo que había dado como clase a sus alumnos. Pero hoy llegó a su alquiler y se sentó en la cama, frente a la breve mesa que le oficia unas veces de escritorio y otras de mesa de comer. No tenía nada más importante que repasar que la charla con Rogelio. Había aprovechado el módulo libre que tuvo a la tarde para ir a verlo. Le había mandado a decir a Herme con su hijo que le gestione una entrevista con el médico para las seis de la tarde. Y había hecho bien y había hecho mal. A su modo, había confirmado sus sospechas, y eso era bueno; pero, como dicen los alumnos, la pelota estaba ahora en su campo, ¿qué hacer? “Debe ser estrés, profe, no se preocupe por mí”, le había dicho ella también.
Sus vicios estaban sobre la mesa, inmóviles y como muertos. La música decadente del pool que habían inaugurado enfrente se amortiguaba en la pared de adobe y entraba pesada y opaca por entre las hendijas de la ventana. El equipo de mate en el centro de la mesa: el termo tenía la tapa levantada, y al mate le revoloteaban unas moscas muy pequeñas, como las que juntan los mates a esta hora cuando han sido usados a la mañana. El maletín tenía dos tercios sobre la tabla de la mesa y el otro en el vacío. Si estiraba la mano, lo tenía. Y podía distraerse con las interpretaciones literarias de los chicos. Pero no; hoy le ganaba la inacción y el secreto aturdimiento. Se sentía más agotado que de costumbre, aunque no había hecho gran cosa en la clase, en ningún turno. Sólo sugerir libros. Esa era su otra preocupación en las últimas semanas: agotarse por nada. Creyó y descartó estar muy enfermo varias veces. Por sus riñones no se preocupaba, tenía quien se los trate mejor que cualquier doctor. Sólo estás cansado ―le dijo el médico esta tarde, pero no le creyó. Nunca le cree a este médico. Estaba preocupado―. No tenés nada Manuel, o mejor sí, estás enfermo de docente; es estrés, viejo―. Insistía en volver la liviana voz del festivo filósofo en que se había convertido el médico local desde hacía un tiempo.
Había comenzado a odiar (y había llegado a la cúspide en un solo día) la palabra estrés. La oyó todo el santo día en el colegio. Todos parecían estar infectados de algo que no sólo no era humillante confesarlo, sino que más bien enorgullecía. Comenzó a la mañana. La preceptora adornó los mates y los comentarios habituales de los lunes con la nueva de que también los animales se estresaban. Ahora Bob, el perro fofo de la preceptora (también fofa), podría dormir con tranquilidad debajo del escritorio, a salvo para siempre de las secretas patadas del de Historia o el de Matemática, porque seguramente estos muchachos entenderían lo del estrés animal, en cuya explicación había expuesto todo su prestigio de investigadora la preceptora. Entonces huyó al aula, sacudiéndose los sucesos deportivos del domingo, los mates lavados, el perro, las patadas, la epidemia prestigiosa. El aula estaba en proceso de reordenar los vestigios del recreo. Abrió el maletín sin levantar la cabeza, como dando tiempo al proceso. De pronto, el silencio dio su grito desvanecido y lo obligó a decir algo: “buenos días, señores”. En la mano derecha agitó el libro que había tomado de la biblioteca para la actividad de tercer año, y que más tarde tendría que mandar como señuelo para que la bibliotecaria por una vez en su vida le mande el libro correcto. La turba quinceañera empezó a formar los grupos habituales de trabajo. Paula estaba ahí, en la primera fila, hermosa y pálida, como el más escondido pliegue de un repollo. La miró frío, ya sin la compasión del viernes, y tomó una de esas decisiones bruscas que venía adoptando ya como un hábito más de su personalidad, de esas que lo habían distanciado en los últimos días del Director del colegio, de sus compañeros, del dueño del alquiler donde vive desde hace tres años, de casi todo. De esas actitudes que lo habían depositado como en otra parte, exiliado en un mundo suprasensible, desconfiado de las sombras vulgares, con las que sin embargo estaba condenado a chocar. “En la biblioteca hay cuatro libros más como éste, traelos y que cada grupo lea El almohadón de plumas en la página 24, al final están las actividades”, le dijo al alumno que se acercó al escritorio. “Paula, vos vení aquí”. La pestaña fría y tierna de repollo se dejó acercar al escritorio, consintió sin reparos pero sin ganas, Qué te pasa Paula, contame, no te veo bien desde hace una semana, me vas a obligar a llamar a tus padres, No, no haga eso por favor, Bueno pero entonces decime qué puedo hacer, no es normal tu palidez, mirá tus manos, tus ojeras, decime, No, no haga eso, mis compañeros pueden pensar que… ¿Qué?, ¿qué van a decir?, ya dicen de todo, y no sólo ellos, Paulita, vamos a ver al médico ahora, yo te acompaño, No, suélteme profe por favor, ya fui ayer, y no voy a volver, ¿Domingo?, Sí, me dijeron que tengo que solucionarlo yo sola, tal vez sea solamente estrés, debe ser estrés profe, no se preocupe por mí, ¡Pero la reputamadre!... Profe, no encuentra los libros la señora ―dijo el alumno de los libros.
Lo rememora y vuelve a enojarse con la bibliotecaria: nunca encuentra nada. Se acomoda en el borde de la cama y alcanza a ver en la otra punta de la mesa, detrás del mate, un libro abierto. Es el libro que estuvo revisando esta mañana antes de ir al colegio con intenciones de elegir un texto que le discuta la supremacía de Quiroga en las escuelas, pero como siempre, la intención didáctica había caído en cuanto se encontró con un texto de su preferencia. Asentó las dos manos sobre la cama y alzó su cuerpo como para tomar el libro. Después de todo, se dijo, llevar al aula hoy Río de dos corazones hubiera sido tan inútil como indagar a Paula. Tal vez mañana sea diferente. Cuando tomó el libro, golpearon la puerta.
―Buenas noches ―saludó en vano. No había nadie. Sólo había un papel en el piso. Lo levantó. Porque abrió la puerta o porque eran más fuertes ahora, escuchó los violentos ruidos de la noche de Descalzo. Abrió el papel y lo leyó. Tres coches volaron por la avenida y cortaron como un hachazo la música del pool, y él repitió la mala palabra por la que olvidó disculparse en la clase. Tomó el libro y lo arrojó contra la pared. Todo el día pescando truchas en un río podrido, se dijo. La nota era elocuente, y póstuma.