Autor: José Roldán
I
Yo también pienso que lo de Miceno Soria ha sido una pena. No porque tal vez haya sido su hijo y de un trancazo ―esa es una cosa que bien pudo pasarle a Miceno o a cualquiera―, sino porque es una pena que no sepamos a ciencia cierta quién ha sido y con qué. Pienso que es oprobioso que un hombre que no ha dejado gran testimonio de su vida tampoco tenga uno de su muerte, o peor: que tenga uno engañoso, parcial, infame. Porque es un intento de borrarlo desde el inicio, y ningún hombre merece eso. Por eso estoy aquí, pese a las tristes circunstancias, con un lápiz y un cuaderno.
Los tres habitantes de mi casa sabemos que aquí la mentira está erradicada. Ya nadie piensa en ella. Mi padre ha derretido su base, su subsuelo: el lenguaje. El origen y naturaleza de la mentira no es moral sino verbal, y como en casa no se habla ―y cuando lo hacemos va con evidencia en manos―, no hay posibilidad real de gestación. Mi madre dice “coman” cuando tenemos los platos de comida enfrente, yo digo “me voy al colegio” cuando ya tengo la corbata y la mochila, y mi padre sabemos que se va cuando lo vemos tomar el camino del bajo, y sabemos que vino cuando lo vemos de frente. No hay nada que decir, que contar; cada uno sabe qué está haciendo el otro. De modo que, decía, la mentira está tan desacostumbrada en esta casa que la sola mención es ofensiva. Pero eso también puede romperse en el día que se rompen todas las cosas de una vida.
Mi padre oyó desde la cocina que yo le decía a mi madre, justo antes de que se tirara sobre las espaldas un chal de hilo y saliera por el lado del aljibe, que no la podía acompañar porque no quería faltar al colegio un lunes. Y creyó que la estaba engañando. La cocina está separada de la casa, pero es un estaqueo de palmas sin embarrar que le penetran todas las voces y las miradas desde el zaguán donde me lavaba la cara. Cuando contesté aquello a mi madre, vi por entre las hendijas de la cocina que el viejo levantó la cabeza y miró al frente, volcó la pava sobre el mate y después la volvió a asentar sobre las brasas. Por esa secuencia, supe que me había escuchado y me había juzgado. Mi padre no es un hombre que secuencie sus actos. Todo lo hace de una vez, en silencio y definitivamente. A mi madre un día dejó de hablarle, y no creo que ella lo haya visto venir. Mi madre ve venir pocas cosas, en verdad.
Cuando me levanto por las mañanas, mi padre ya ha tomado mate, ya ha cocido al rescoldo las batatas, ya se ha vestido para ir al trabajo, y ya me ha dado la espalda en el camino del bajo, que es el que toma para irse. Si no fuera porque voy al colegio en el turno mañana, lo vería sólo una vez al día, justo antes de irse a dormir. Pero siempre fui a la escuela por las mañanas, así que le conozco bien la espalda. Sé, por ejemplo, que la camisa hace como un largo y fino cigarro en la colilla y no alcanza a taparle los bolsillos traseros del pantalón, que es un hombre que tiene el tamaño de los que hacen quedar pequeño el camino por el que van, que dura muchos metros en la vista de quien se detiene a verlo. Eso lo sé muy bien yo. Sé que lleva puestos la camisa de grafa marrón y el vaquero azul aunque no lo haya visto salir. Cuando repecha el río muerto que pasa detrás de la casa todavía se le distinguen todas las partes. Mis tíos a esa distancia son una línea blanda que cuelga en el aire. No es ni chueco ni cojo, pero tiene cierta manera de moverse al caminar que hace pensar que lo es. Una de mis tías le hizo notar esto una vez, y él hizo notar en ella cosas que nadie quería notar.
Sospecho que debe levantarse como a las cuatro de la mañana. No le pregunto a mi madre porque calculo que ella tampoco lo sabe. Hace diez años que no se hablan, y él se ha hecho otra pieza en la que duerme solo. Desde entonces la casa tiene dos piezas grandes, divididas por un zaguán. Para ninguna sale el sol; para ninguna entra. Una al sur y la otra al norte. De un lado del zaguán hay un aljibe, y treinta metros después pasa la calle que va al centro; del otro lado, la cocina y, más allá, el camino del bajo. No, mi madre no debe saber a qué hora se levanta, como no debe saber por qué dejó de hablarle. Mi padre no es un hombre malo, pero hace cosas que hacen creer que lo es. Contestarle de ese modo tan grosero a mi tía aquella vez y, después, dejar de hablarle a la vieja son ejemplos de aquello, y a él le valieron el odio definitivo de la familia de mi madre ―y mía, claro―. Mi tía no quiso ofenderlo, pero ese día se fue de casa como con el alma de quien ha perdido el paraíso. Mi padre tiene el talento para convencerte de que no valés nada, si quiere.
Es uno de esos tipos a los que lo mejor de la vida les pasó antes de casarse. Los padres de dos de mis compañeros, que vinieron a Descalzo con él, lo conocieron cuando joven, y me han hecho escuchar que era lo mejor de lo mejor que había para lo que sea en el lugar que estuviera y diez leguas a la redonda. Y que aquí en Descalzo también fue así. También escuché que perdió eso con mi madre. Que cuando se juntó con ella, no pudo juntar también su pasado. Antes de esto, yo creía que le quedaban algunas cosas al gringo Deus. Tenía tamaño y fuerza, y yo confiaba que un día iba a juntar eso con aquello que le vi el día que supe cuánto pesaba, que no sé cómo se llama pero hace que un hombre quiera ser mejor: puede ser confianza en sí mismo, decisión, o sólo voluntad. El día que se decidiera a juntar aquello iba a nacer algo grande para nosotros. Lo medía. Cada noche antes de cenar daba exacto un metro noventa. Yo esperaba el gran golpe, la gran unión, pero cuando los escuché a los gringos supe que no sucedería nunca, y me dio bronca. Odié saber que fui una semilla en aquel cuerpo grande y forzudo cuando Martín Deus ya no sentía ningún aprecio por ese cuerpo.
Y me quedé con las anécdotas como con el peso de un fraude, y las voy a escribir también para olvidarlas. Un día llevó a la balanza una ternera con la que le habían pagado el trabajo y, como el chango que tenía que arreársela le falló, me llevó a mí. Lo vi descalzarse, arremangarse el pantalón y subirse a la báscula. Y vi a los que lo miraban como al primer hombre pesándose en aquella balanza para toros. Horacio, dueño del animal, casi no podía creerlo. Vi que odiaba a mi padre desde antes de que se subiera a la balanza para rebajarle su mamona al peso de un perro. Lo odió más aún cuando oyó para qué iba alcanzar el precio de su mamona. Al día siguiente ideé el modo de medirlo. Armé una regla en el horcón del medio del zaguán, donde está la palangana para lavarse la cara. A la noche, cuando lo vi parado, observé desde la pieza de mi madre el punto justo donde terminaba su cabeza y lo marqué con tiza. Después, cada noche observaba cuando iba a lavarse las manos. Hasta que anoche escuché lo que los gringos Braidot y Zamer decían de mi padre. Sé que están conmocionados por lo de Miceno, y todos andan diciendo lo que les parece. Pero mi padre es un hombre al que nadie podría matar como a Miceno Soria, aunque él lo esté creyendo así. Y ahí ya tenemos un problema porque, por lo que escuché estos últimos nueve días de rezo, a Miceno lo mató el hijo. Y mi padre y yo nos conocemos demasiado.
II
Mi madre no es ni buena ni mala. Dieciséis años de matrimonio con mi padre, y tal vez un hijo del mismo tiempo, la han moldeado de un modo sustancial que ni los vecinos de Descalzo ni yo apelamos a adjetivos. Es la mujer del gringo Deus, para ellos, y mi madre para mí. Mis compañeros del colegio dicen a menudo que sus padres son unos estúpidos. Yo no puedo decir eso de mi madre, capaz que tampoco sea demasiado inteligente, pero estúpida no es. Mi madre es una mujer que hace lo que cree que tiene que hacer, y ya.
No tenía problemas en ir sola a acompañar la cruz de Miceno al cementerio, pero estoy seguro de que creyó que tenía que invitarme, porque como están las cosas con este finado y lo que vimos que pasó en toda la novena, lo mejor era llevarme con ella. Pero yo tenía el colegio y ella no iba a ir en contra de eso.
―Tengo que ir al colegio ―le respondí. No insistió, se cruzó el chal en la espalda y, cuando tomé el jarro de la mesa, ya esquivaba el aljibe. El jarro tenía un poco de leche en polvo y azúcar en el fondo. Salí para la cocina.
―¿Por qué le mentís a tu madre? ―me acusó mi padre cuando entré. Me convidó un mate. En la larga y desigual lucha que los hijos emprendemos por tener lo que queremos de nuestros padres, llega un momento en que aceptamos lo que quieran o puedan darnos, lo que les quede, aunque eso no sea más que una mirada o una charla breve e intencionada. Y a mí me había llegado ese momento. Tomé el mate, lo había recompuesto recién―. Son las seis y media de la mañana, y parecés en juicio ―alargó.
Si en la conversación hubiera un tercero ―que no fuera mi madre, claro― no entendería la frase de mi padre. Él y yo sabemos que la frase entera es “no estás tan loco como para madrugar para ir al colegio”. Yo llego al colegio 30 minutos después del campanazo. Me ahorro toda la ceremonia previa, y de buena gana me ahorraría también la de sentarme frente a un tipo que parece un ex-convicto de una carrera docente. Mi padre sabe ―y me ha convencido― de que el colegio es una soberana pérdida de tiempo para el que sabe cómo se hojea un libro. Lo que le pagaron por la mamona de Horacio lo entregó completo a un librero que entra a Descalzo cada seis meses. Me ha dicho que si sigo por los caminos de la escuela voy a acabar siendo empleado del Gobierno el resto de la vida y siendo, consecuentemente, de los que creen que la vida es buena o mala según quien esté en el Gobierno. Pero en esto le ganó mi madre. Le ganó en el tiempo en que hablaban, y después él no tuvo oportunidad de rediscutir el tema. Fui a la escuela, voy al colegio y tal vez vaya también a la universidad porque mi madre lo dice, y esta es una de las cosas que mi madre cree que tiene que hacer.
―No le mentí. Aquí nadie puede mentir, y usted sabe eso ―le dije cauto―. Además, anoche estuve hablando con ella, y sabe que yo no le hago a eso de la cruz.
―¿Y cómo, desde cuándo tenés buenas ideas?
―No, desde anoche nomás ―le dije sin temor. Mi padre no inspira temor, nunca ha hecho nada para inspirarlo. Me dijo que deje lo del cocido para después, que pruebe unos mates más.
―Te van a mejorar la voz de flauta rota que te está saliendo. A ver, contame lo de Soria ―remató también sin temor, porque seguramente yo tampoco le inspiraba eso.
A mi padre no le interesaba lo que le pasaba a la gente que no era él. Lo que le pasó a Soria debió escucharlo en alguno de sus trabajos, y me estaba pidiendo que se lo cuente yo porque quería saber mi opinión. Contarle a mi padre el primer parricidio en Descalzo no era cómodo. Y él me había esperado aquí para eso.
―Quiero tomar cocido ―le dije. Tomó el paquete de yerba que estaba en la fiambrera y me lo pasó. No estaba cómodo, no se estaba dando como lo había imaginado―. Ayer vi cómo Servando terminaba de hacer la cruz ―desvié ―. No creo que algo que hizo Servando tenga que ser llevado en procesión, y menos que un hombre tenga que llevarlo toda la muerte. ―Quise que me saliera humorística la última frase. Mi padre no se ríe, y tampoco se rió ahí.
―Alguien tiene que hacerla ―dijo.
―Pero no así ―objeté―. Servando la estaba terminando prácticamente en público, y borracho.
―Seguro que para que se parezca más al muerto ―disparó―. A Miceno le hicieron lo mismo.
―Alguien tenía que hacerlo ―imité. Se levantó y fue a arrimar la puerta. Cargué la yerba en el hervidor vacío que estaba en el rescoldo.
―El carpintero es un artista ―dijo detrás de mí. No le respondí. Lo esperé. Dijo que las gallinas iban a empezar a bajar del molle y no quería que entraran a cagar en la cocina. Se me ocurrió sugerirle algo muy sencillo que hace mi madre, pero me volví a callar. Eché el agua hirviendo en el hervidor. La yerba olió a mate. Mi padre se sentó otra vez. Le molestaba como pocas cosas la cobardía, y a mí me estaban temblando las manos. Estaba esperando que comience a contarle qué dijeron en la novena.
III
Miceno Soria murió hace quince días en su casa ―empecé―. Mi madre y yo fuimos a la novena. Ahí me enteré del resto. La policía dijo que de un golpe en la cabeza. La gente supo que fue en la nuca y con la tranca de la puerta, y que fue el hijo, y que a las tres de la mañana cuando Miceno llegó borracho, y que Miceno esa tarde había ganado 500 pesos, y que capaz que ese fue el verdadero problema, y que la mujer no había hecho nada, que era una vergüenza que se llegue a tanto por unos pesos.
Mi padre sabía lo mismo, menos lo de los 500 pesos. Seguí.
Eso dijo don Candelario, que era el dueño del caballo con el que Miceno se alzó con la penca ―puse el colador sobre el jarro y vacié el hervidor―. Sin embargo, y a pesar de tanto saber que circulaba en la novena, no se sabía que la mujer o el hijo hubieran dicho algo. El primer día, como en secreto todavía, se habló de que alguien la había visto el día del entierro; que había tenido el descaro de asistir, dijeron. Alguien la había visto caminar entre los panteones del fondo del cementerio.
―Es mucha azúcar la que le echás ―me interrumpió. Es el único tipo que conozco que puede tomar cocido con leche sin azúcar.
Pero la gente ―seguí―, después de unos días, empezó a ver las cosas de un modo diferente y a dudar de todo lo que se decía. Hubo un momento en la novena que intentaron identificar quién había sido exactamente el que dijo que lo había matado el hijo y que la madre no había hecho nada. Pero no lo identificaron, fue sólo un gesto hipócrita que necesitaron hacer. Ellos mismos habían dicho aquello. Entonces, el que había visto a la mujer de Soria el día del entierro contó: cercó los panteones más viejos, contra el alambrado, y después se acercó más, y cerca del final estuvo como a veinte metros, arrodillada y con los brazos sobre el nicho del finado Aquiles, con la cabeza entre los brazos. Con eso, la consideración general de los presentes (la mayoría, mujeres), se volcó por la idea de que Miceno era, en todo caso, un buen guaino, y un tomador de cervezas con amigos cuando ganaba una carrera, y nada más. Y don Candelario, que el primer día había llorado apasionadamente por su guaino favorito, aportó que últimamente sólo él confiaba en Miceno, porque la verdad era que había perdido la disciplina. ―Mi padre ya no me miraba como al principio. Desenterró del rescoldo una batata, le hincó el cuchillo y la sacudió con la mano. Le molestaba la actitud de la gente para con Miceno, y se puso evidente cuando le dije que en cambio del hijo dijeron que si tenía lo que se necesitaba tener para sostener una tranca de algarrobo en los brazos y encajársela en la nuca al tipo que lo garroteaba casi desde que nació y que seguro había querido golpear a la madre esa noche, pintaba para algo mejor que guaino y cervecero. Puso la batata en la tapa de una olla y le hundió el cuchillo en el medio. El humo salió feroz de las dos mitades.
―Son capaces de cualquier cosa ―dijo.
Una de las mujeres del grupo dijo que los ojos de Miceno no habían quedado en el lugar que estaban antes ―dije. Mi padre volvió a mover el cuchillo. Supuse que la batata era la imagen de lo partido que debía estar él―. La bronca y el desprecio que la mayoría sentía en los primeros días de la novena por la mujer y el hijo fueron ladeando para el finado, y los dueños de casa tuvieron que ir ocultando los momentos de lágrimas que aún le sucedían. Miceno no gozaba de más respeto que el que se le debía como muerto.― Si alguna vez mi padre había intentado creer en la gente, ese pensamiento estaba picado como una batata asada. Le dije, además, que allá por el octavo día la gente dejó de hablar, que los silencios se hicieron largos, como si estuvieran esperando a que suceda otra cosa. Y él me contestó:
―Cuando la imaginación es tanta requiere de tiempo, y a veces de talento ―me miró―. Deberías tenerlo en cuenta vos ―no le respondí. Era una orden. Y tenía razón. Estaban armando una nueva historia, porque la única que tenían, y en la que se habían esforzado de tal forma desde la mañana que se amontonaron en el hospital alrededor del cuerpo, era la primera y ya no les gustaba, pero estaba tan bien fundamentada que parecía irrefutable. Y seguiría de pie mientras la viuda o el hijo no dijeran nada.
Ni la viuda ni el hijo dijeron nada. Nadie dijo que dijeran algo ―dije.
―¡Qué van a decir! ―me volvió a interrumpir.
―Igual ―respondí―, tras nueve días, el silencio de los culpables fue el silencio de los inocentes.
―Inocentes ―me rebotó―, sinvergüenzas les queda mejor.
―Como sea, la gente dejó de pensar en culparlos y apresarlos. Doña Joaquina dijo en la última noche algo que terminó de convencerlos: dijo que no tiene caso buscar culpables para la muerte, para ninguna muerte; que es de ignorante clamar justicia para algo justo; que el único responsable de la muerte es Dios, y Dios, ya se sabe, no puede ir preso.
―Esa debe ser de las viejas que andan esperando a que se muera cualquiera para poder decir lo que se les está pudriendo adentro. ―Mi padre no conocía a la mayoría de la gente de Descalzo, pero se había hecho una idea bastante clara de algunas.
― Pero la gente creyó en eso que dijo ―salvé―. Y un grupo se acercó a los familiares de Miceno y les exigió que fueran a buscar a la viuda y al hijo para que puedan rezarle la última noche aunque sea, y así ellos puedan expresarle también las condolencias, o lo que fuera que quisieran expresarle.
―O sea ―concluyó mi padre―, al cabo de nueve trabajosos días la chusma criminal determinó que a Miceno Soria lo mató Dios. Y en este momento van veinte viejas chusmas y un viejo panzón llevándole la cruz que ayer viste que estaba terminando en pedo Servando. ―Vi que la tapa de aluminio donde la batata yacía en cuadritos tenía unas rayas brillosas y profundas. Me sentí incómodo otra vez. En ese duelo yo había disparado primero, pero él seguía de pie.
―¿Para qué te calentás así, eh? ―dije―. Ni siquiera era tu amigo, y el hijo es un pendenciero más conocido que el hambre; preguntale a cualquiera de mi edad y te va a decir que siempre andaba con un puñal en la cintura. En algún momento se iban a matar, si no era uno iba a ser el otro, seguro.
―No tengo que preguntar nada. ―Mi padre era un hombre preparado para sacar conclusiones de lo que le pasaba a los demás, aunque casi siempre las sacaba del mismo modo: previas a los hechos y a las personas que los protagonizaran―. Mató al padre, ¿a vos te parece que necesito que alguien me diga qué clase de mierda es? Contestame, carajo ―dijo ya muy cambiado, y sin dar tiempo de respuesta―. Ya me imagino lo que habrán aportado ustedes a la charlatanería esa.
―Capaz que te imaginás mal ―embestí―. Yo sólo dije aquello de que la mujer merodeó las tumbas cercanas en el entierro, porque eso merecía ser dicho. Todo el mundo dijo cosas que no había visto de ella. Yo la vi llorar por Miceno en una tumba prestada. ―Me miró, y sentí que le crecían unas ganas de hacerme volar el jarro que yo demoraba en la boca como un escudo―. Y mi mamá no dijo nada porque casi no estuvo ―arremetí al final.
Bajé el jarro y lo miré. Nunca lo había visto tanto tiempo de perfil, se veía irregular, viejo y, así interpuesto en la luz que entraba por la hendija del otro lado, tenía algo de tristeza definitiva. Creo que ya dije que era un hombre que no se enojaba: se decepcionaba. Tenía la camisa arremangada y se le veían las venas saltonas debajo de los vellos. Debió ser, allá en donde y cuando lo recuerdan los padres de mis compañeros, un hombre apuesto; pero sobre todo debió ser un hombre diferente al que nos tocó a mí y a mi madre: un tipo jodido que cree que el único acto verdaderamente digno que un ser humano, que se precie de tal, debe hacer entre los 30 y 40 años es descerrajarse un tiro en medio de los ojos, porque a esa edad por más estúpido que sea ya debe darse cuenta de que pertenece a una especie podrida.
Limpió el cuchillo en las cenizas más nuevas. Cortó la trenza con que había atado la puerta y salió de la cocina. La camisa hacía el cigarro en la colilla por arriba de los bolsillos del pantalón. Las gallinas entraron en estampida.
Mientras les tiraba los puñados de maíz en el patio a las gallinas, pensé que con esto de Miceno y su hijo iba a ser difícil de explicar lo que iba a encontrar en la pieza de mi padre, que lo mejor sería escribirlo.