Autor: Sandro Centurión.
Entonces le pregunto dónde estuvo usted a la hora en que mataron a la víctima, y Rosendo me responde que estaba en su casa tomando mate con unos amigos. Esa es su mejor coartada, y a mí me pica todo el cuerpo, porque cómo alguien puede estar tomando mate tranquilamente en su casa y al mismo tiempo asesinar sin piedad a su vecino. Porque el muerto es nada menos que su vecino y se conocen de toda la vida y en el barrio todos saben que no solo no se querían sino que habían jurado matarse.
Se sabía que Rosendo le echaba la culpa a Artemio López, el occiso, de que Mónica, su mujer, lo haya abandonado, según Rosendo alguien le había llenado la cabeza para que lo dejara. Vaya uno a saber por qué, pero Rosendo apuntó hacia su vecino como el autor de aquella injuria. Esa sospecha, acaso, condenaría para siempre la suerte de la víctima. El caso es que aunque no se pudo demostrar la veracidad del chisme un día la mujer dio un portazo y se fue a vivir con la hermana que vive a unas pocas cuadras.
Al tiempo los tres aparecieron por la comisa-ría: Rosendo para denunciar a Artemio López, su vecino, por calumnias e injurias; Artemio para denunciar a Rosendo por lo mismo, más daño moral, decía que él no era un chismoso y que si la mujer lo abandonó habrá sido porque se dio cuenta de que era un inútil, seguramente encontró algo mejor. Y Mónica para denunciar que ya no vivía en esa casa pero que le pertenecía y quería que Rosendo la desalojara lo antes posible. Rosendo se empacó y no estaba dispuesto a irse. La feliz pareja no tenía hijos así que el tire y afloje fue por la casa, como suele ocurrir en estos casos.
Así fue que Rosendo y Artemio se prodigaron un profundo odio. Sin embargo no basta con que dos personas se odien para que alguien termine muerto. En el mundo no habría tanta gente si así fuera. El caso es que para todos y sobre todo para mí, Inspector Arístides Rojas -representante exclusivo de la ley en la localidad-, el principal sospechoso de la muerte de Artemio López era Rosendo. Lo decían sus ojos, su media sonrisa que aparecía al terminar cada frase, un leve temblor en la mano diestra y su forma de moverse en la silla. Todo su cuerpo lo delataba, sin embargo tenía una coartada efectiva por lo simple que resultaba ser. A las cinco de la tarde, la hora en que mataron a su vecino con un golpe en la cabeza, había estado tomando mate en su casa; aquello desviaba la investigación hacia otros lados y yo no estaba dispuesto a permitirlo. Si acaso el sospechoso hubiera estado sólo podría considerarse una mentira, pero tenía testigos que afirmaban bajo juramento haber estado tomando mate con él. Uno, el más convencido de la inocencia del sospechoso era un oficial de mi seccional, un recién llegado de la Escuela de cadetes; había sido convidado con unos mates a la hora en cuestión, cuando llegó al domicilio a ofrecerle una rifa que estábamos organizando en la comisaría, y Rosendo de buena voluntad y como siempre lo hacía compró dos números, el 17 y el 48, que en la quiniela representan a la desgracia y el muerto que habla… casualidad ¿no?
Otro testigo era una prima del concejal Fernández, que estaba ofuscada y quería escaparse por la ventana para que nadie la viera en medio de aquel escándalo. Ella se había acercado a la casa del sospechoso como parte de una reunión de la Asociación Cooperadora de la escuela que justamente era presidida por Rosendo. De eso se trataba la cuestión, a la hora del crimen el sospechoso y otras cinco personas integrantes de la comisión directiva de la Cooperadora de la escuela del barrio se reunían en la casa de Rosendo, que resulta ser el Presidente de la comisión, para deliberar acerca de las acciones a realizar para recaudar fondos y así poder comprar ventiladores nuevos para las aulas.
Entonces mi sospechoso tenía testigos que juraban haber estado con él esa tarde en su casa tomando mate; hasta había un acta confeccionada acerca de lo que se había tratado en la reunión y al pie firmaban los asistentes. Entre ellos, Rosendo, quien incluso se había asegurado de que se lo nombrara permanentemente en el acta y a la hora de la firma la había aclarado con imprenta mayúscula y había agregado su DNI.
Me pasé horas leyendo y releyendo esa acta en busca de algún indicio que me revelara algo inusual. "En la localidad de Buena Esperanza, siendo las 17,00 hs. del 25 de abril de 2009 se reúnen los Sres. miembros de la comisión directiva de la Asociación Cooperadora de la Escuela N°519 con el objetivo de analizar las acciones pertinentes a llevarse a cabo para la compra de seis ventiladores de techo... bla, bla, bla". Nada me decía aquel papel que no me hubieran dicho ya el sospechoso o algunos de los testigos.
Me dediqué entonces a analizar a la víctima. Acá no tenemos equipo científico que analice el cadáver. Todo se hace con voluntad, pero con el mínimo de recursos técnicos. A primera vista el muerto había recibido un fuerte golpe en la cabeza con un objeto contundente, de tal magnitud que había muerto en el acto. Fue encontrado en el patio trasero de su casa tirado en el piso, de lado, como si se hubiera caído del sillón plegable en el que momentos antes había estado sentado, también, tomando mate. El termo había caído al suelo y estaba roto por dentro, pero el mate apenas si se había deslizado de la mano del difunto. Artemio era un solterón y vivía solo. Fue Doña Juana, una vecina que solía ayudarlo en la casa, la que lo encontró muerto.
El hombre se habría levantado de su siesta, tomó su sillón plegable y lo acomodó en la única sombra que había en el patio, bajo una planta de mango cerca del tejido lindante con la casa de Rosendo.
Luego de alguna manera alguien se introdujo a la casa, tomó por sorpresa a la víctima y le dio un golpe certero que acabó con su existencia antes de que terminara de despertarse del todo. Sin embargo nadie vio nada extraño. Doña Juana es corta de vista y vive frente a la casa de Artemio. Ella dijo que regaba sus plantas a esa hora y que alguien la saludó desde la vereda pero recuerda solo un bulto gordo y algo azul.
Vuelvo entonces a mi único sospechoso que según declaró estaba tomando mate en su casa, mientras a unos metros alguien mataba a su vecino. Y les pregunto a los testigos: ¿qué tal estuvo el mate?
―¿Cómo? ―me dicen― ¿Si este hombre ceba buenos mates? ―y todos se distienden del interrogatorio policial.
―Es un perfeccionista ―dice una de las damas.
Al parecer Rosendo tenía un mate que era único, lo había traído de la selva misionera y había sido hecho por los aborígenes, la bombilla era de alpaca grabada con su nombre y apellido. Además tenía su propio ritual de preparación, no tomaba un mate si lo preparaba otra persona. Era muy exigente, no le ponía nada al mate, sólo yerba y de la mejor, y era muy atento; nunca un mate frío ni viejo, cambiaba la yerba cada cinco mates. Y entonces me pica el bichito de la inteligencia y les pregunto cuántas veces cambió la yerba esa tarde y todos me miran raro, pero me responden que al menos tres veces. Y entonces reviso la casa y el cesto de la cocina está vacío y voy al patio trasero y veo el montoncito de yerba junto a una planta cerca del tejido. O sea que el sospechoso fue a ese lugar que casualmente no está a más de tres metros de la víctima al menos tres veces a la hora en que ocurrió el crimen; un tejido de no más de 1,5 metros de alto lo separaba de la víctima.
Me rasco la cabeza para pensar un poco mejor y examino ese pequeño patio de vivienda urbana, apenas tres metros de fondo para hacer un asadito o mirar la puesta de sol y extender la ropa y hacer todo lo demás. Chico pero lindo. Algo no me cerraba. Si no tuvo nada que ver tuvo que haber visto o escuchado algo, pero el sospechoso sostiene que no vio ni oyó nada anormal y que además no es de estar prestando atención a lo que pasa en la casa del vecino, mucho menos de ese vecino. Pero yo no le creo, y me pica la nariz cuando me acerco a él y eso es porque me miente, porque cuando alguien me miente, a mí me pica la nariz, es algo que heredé de mi abuelo y siempre me sirvió en este oficio. Entonces recorro el patio y pienso en un rompecabezas, no sé por qué justo en ese momento se me ocurrió pensar en un rompecabezas y empiezo a jugar en mi cabeza con las cosas que hay en el patio. Intento ver la escena del crimen desde ese lado. Quiero pasar sobre el tejido, pero no es tarea fácil, mi panza y mis años me lo impiden. Sin embargo Rosendo es un hombre atlético, siempre ha cuidado su salud. Solía salir a caminar todas las tardes. Nunca se lo vio fumar o tomar. Un hombre recto en todo sentido. Por otra parte, si acaso el sospechoso hubiera podido trepar, de seguro que el ataque no hubiera sido sorpresivo.
Entonces encuentro unos restos de yerba en la medianera. Y la guardo en una bolsita de plástico. Luego voy a ver cómo hago para examinarla. Entonces creo entender lo que pasó y llamo a todos, incluido Rosendo.
―Decime Rosendo, ¿qué yerba tomás?
Y él me lo dice.
―Convidame un mate, Rosendo ―le pido.
Y él me lo convida, porque un mate no se le niega a nadie, menos a la Policía. Y enseguida me doy cuenta de que es un mate de calidad. Es pesado y se puede sentir la tibieza del agua caliente en la mano y el aroma de la yerba se mezcla con la madera del mate, una madera dura que nunca antes había visto. El primer sorbo lo disfruto de manera especial porque desde la mañana no había tomado mate y ya me estaba doliendo la cabeza. Entonces cuando le estoy por devolver el mate a Rosendo me doy cuenta que mi mano está húmeda. Tu mate está filtrando, le digo a Rosendo y él parece sorprendido, y entonces reviso el mate y descubro una pequeña rajadura, apenas visible. Vos lo mataste, Rosendo, le digo y él me mira serio. Lo planeaste todo desde el principio, la reunión de la cooperadora y el acta que según me dicen ahora es la primera vez que se hace. Todo era parte de tu coartada. Y en esa coartada la parte esencial era el mate, como ya lo dije antes. Como siempre preparaste el mate y en el primer cambio de yerba examinaste el lugar, enseguida te diste cuenta de que tu víctima estaba del otro lado, tan cerca e indefenso. Quizás no haya sido la intención matarlo, pero lo hiciste. Lo llamaste y cuando se acercó al tejido le diste un matazo en la cabeza. Artemio trastabilló unos pasos, se llevó por delante el sillón y cayó tendido, muerto.
Todos se quedaron con la boca abierta, hasta el mismo sospechoso, que ya no era sospechoso sino asesino. No le quedó más remedio que putearme y resistirse al arresto, lo que no hizo más que jugarle en su contra. Los agentes lo esposaron y se lo llevaron derechito al calabozo.
Al tiempo se lo llevaron a una cárcel de la ciudad y yo saqué de la caja de evidencias aquel bonito mate asesino.
Ahora que Rosendo fue condenado lo llevo conmigo a todas partes, sobre todo cuando visito a Mónica en su casa, aunque ella no quiere que todavía nos vean juntos. “Es muy pronto -dice- pueden sospechar”.